Contemplaba las estrellas. Hoy no sonreían como siempre. Resplandecían y titilaban de una forma peculiar. Del brazo de la Luna, engalanaban el firmamento con su esplendor y su algarabía consonante.
De pronto, sintió el corazón agitándose dentro de su pecho. El movimiento era particular. Siempre que estás presente en mis pensamientos, hombre desconocido, mi corazón salta de alegría. Al fin logró salir para observar lo que aquellos ojos veían, una vez fuera de aquella prisión necesaria, se deleitó con el múltiple destello y fulgor de las estrellas, que pronto se convirtieron en un espejo donde se reflejaba aquél hombre que siempre ha vivido en sus sueños, pero que el destino aún no había cruzado en su camino.
Cerró los ojos e intentó capturar en su mente aquella imagen fugitiva, poseedora de cierto magnetismo avasallador.
Entonces tuvo un sobresalto. Un presentimiento.
Salió de la cama apresuradamente esperando ciertamente descifrar el motivo de su repentina sorpresa.
Me gustas tanto que a veces tengo ganas de correr rabiosamente hacia ti y matarte en medio de un beso apasionado. Me encantas tanto que en ocasiones quiero gritarle al cielo para pedirle que vengas conmigo, en ocasiones como esta, cuando el cielo es casi tan hermoso como tu resplandor. Te quiero tanto que por momentos quisiera darte todos mis suspiros en una cajita de papel maché, sellada con un beso.
Realmente se sentía feliz, aunque inquieta. Era una de esas noches en que el cielo parece revestirse de una hermosura gradual, acorde con las imágenes que se obstinaban en su mente.
Salió y giró a la izquierda: parado en la bocacalle, mirándola fijamente conoció al motivo de su impaciencia: estabas ahí.
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