En la nieve sólo se oía el rumor de sus pasos.
Había estado bebiendo demasiado a pesar que el médico le había diagnosticado cirrosis hepática y le había sugerido no volver a beber. En la consulta pasada le detectaron altos niveles de galactosa en su sangre, aumento en el tamaño del hígado, además que estaba reteniendo muchos líquidos en el estómago, había estado vomitando sangre últimamente y había perdido peso, pero a pesar de eso, no podía haberse resistido a unas cuantas copas, que luego se convirtieron en varias botellas.
Faltaban dos casas para llegar a casa y no había ni un alma en las calles. Empezó a sentirse fuertemente mareado, vomitó en los arbustos y luego entró.
Pasaba de las 4 de la madrugada, cuando escuchó unos leves golpecitos en la ventana del lado de su cama. Era Bernie, su amigo y compañía en las borracheras diarias. Se levantó con cuidado para no despertar a su mujer, se puso un abrigo, las botas y salió.
Su amigo estaba con los ojos desorbitados, riendo como loco y señalando algún punto perdido entre la nevisca.
-¡¿Qué te pasa, estás loco?!
-Ven hombre, voy a presentarte a una amiguita- respondió mientras se frotaba las manos.
Chris lo miró enfadado pero la curiosidad lo obligó a seguirlo.
Pocos metros más allá, recargada en un árbol estaba una mujerzuela vestida con una minifalda roja, una chaqueta de cuero, medias de red, zapatos negros de tacón y estaba fumando un cigarrillo. Al verlos sonrió y Chris pudo notar que tenía los dientes amarillentos y los ojos perdidos. En su falda se podían ver restos de lo que parecía vómito. Se abalanzó sobre él y comenzó a besarlo, él sintió lástima por ella, además de asco y la apartó bruscamente. Bernie le gritaba como un demente.
La mujer se sentó en el suelo y comenzó a llorar penosamente.
-¿Has enloquecido? ¿qué haces?- gritaba Bernie, mientras su amigo abrazaba a la mujer y limpiaba sus lágrimas, en vez estar desnudándola y haciéndole el amor, como hacía todos los días con los clientes de la taberna, a cambio de unas cuantas monedas.
Chris se levantó y fue a casa, dejando a su amigo con la mujerzuela.
Tuvo pesadillas.
A las 8:30 su mujer lo despertó con el desayuno listo.
Realmente ella era muy buena esposa. Sabía educar a sus hijos amorosamente y nunca la había oído quejarse por nada, incluso de recién llegados, cuando la comida escaseó al igual que el agua y la energía eléctrica. La amaba demasiado, a pesar de la diferencia de edades. Ella le llevaba 10 años y la familia de él quería impedir la boda, por lo que tuvieron que huir a Alaska donde pudieron casarse y establecerse como Dios manda, después de una serie de dificultades.
Por la tarde tendría que verse con el gerente del banco para afinar detalles de su vuelo de trabajo que sería ese mismo día por la noche.
A las 8 ya volaba rumbo a Washington DC, donde al día siguiente lo esperarían en el Verizon Center para definir el rumbo de sus próximas inversiones.
10 minutos más tarde, el avión comenzó a experimentar fuertes fallas, una hélice en llamas salió disparada, la puerta de carga se abrió, succionando a 9 pasajeros, unos cayeron en los motores 1 y 2, provocando fuego y el piloto tuvo que apagar los motores ya que estaban dañados. La gente gritaba aterrorizada y abrazaba al compañero más cercano. Se oían plegarias y oraciones en varios idiomas. Lágrimas y más gritos. No había ninguna pista cercana y tuvieron que hacer un aterrizaje forzoso en medio de las Big Snowy Mountains del estado norteamericano de Montana. Varios de los pasajeros sufrieron heridas graves al momento de la caída.
Una hora después del accidente, la gente asustada gritaba el nombre sus parientes para cerciorarse que estuvieran con vida. Chris escuchó una voz débil a sus espaldas que lo llamaba. Se sorprendió al ver entre los restos retorcidos de un asiento a la mujer que le habían presentado la madrugada anterior. Trató de sacarla pero estaba muy atorada entre los alambres. Un par de personas lo ayudó y al fin consiguieron liberarla, pero ya estaba muy desangrada y a los pocos minutos murió. Los otros dos y él, elevaron una oración en favor de su alma. Una señora sugirió llevarla más abajo y cavar un hoyo para depositar su cuerpo, y así evitar que los animales se la comieran.
Estaba por amanecer y el rescate no llegaba. Al menos su pequeña licorera había salido ilesa.
La gente parecía empezar a enloquecer y se había dispersado por toda la nieve esperando encontrar un sitio menos helado.
Chris se recostó en un asiento para intentar dormir un poco. Bebió el último trago de whisky que le quedaba.
Más tarde escuchó el eco de unas risas eufóricas lejanas. Un par de borrachos volvieron al avión -o a lo que quedaba del mismo- con las ropas llenas de sangre.
Chris sólo los escuchó decir:
-¡Qué deliciosas piernas las de la puta muerta!- dijo una voz.
-¡Sí!- respondió la otra voz, sin dejar de reír.
1 comentario:
La deliciosas piernas de la puta muerta
Al volver del bar me encontré sobre mi cama a una dama muerta. A juzgar por la ropa tirada en el suelo era una de esas chicas que venden sus caricias en alguna esquina o burdel.
Yo estaba borracho y tenía mucho sueño, había bebido un tequila de deplorable calidad y mi estómago parecía una bomba a punto de estallar. Necesitaba acostarme y dormir.
Me aproximé sigilosamente al cadáver y lo tomé de los tobillos para arrastralo fuera de mi cama. Mientras la deslizaba me fijé que la dama no estaba fea. Tenía un ojo de vidrio, los dientes amarillentos, el cabello rubioxigenado lleno de raíces negras, el cuerpo pálido lleno de estrías, los senos flácidos, el vientre abultado y las piernas deliciosas.
¡Qué hermosas piernas!
Comencé a acariciarlas y sentía una emoción excitante sin embargo, no era suficiente.
Comencé a apachurrarlas y sentía una excitación delirante sin embargo, no era suficiente.
Comencé a olerlas y sentía un delirio desesperante sin embargo, no era suficiente…
¡Qué desesperación!
En ese estado de efervescencia comencé a darle mordidas y poco a poco le fui arrancado pedazos de carne que inundaban mi paladar con un delicioso sabor a mujer. La sangre acariciaba mi lengua y los trozos de carne cruda navegaban entre mis saliva y mi excitación.
¿Cómo diablos habrá llegado esta delicia a mi habitación?
Devoraba con placer aquel banquete delicioso mientras me iba desnudando. Maribel me había dicho que había leído en una revista que la ropa es una fuente de cáncer de piel. Desde entonces trataba siempre de estar sin rastro de tela sobre mi cuerpo.
¡Que frío!
Mentras comía fui observando que algunas cosas en mi habitación habían cambiado. Alguien había colocado una horrible imagen de Cristo en una pared, las botellas de vino en mi tocador no estaban, el clóset no era el que tenía cuando salí al bar, y había mucha ropa de mujer dedicada al arte de la putería.
Me levanté asustado y salí a ver el número de la puerta, era el 34.
¡Joder!
Yo vivía en el 33.
Me vestí rápido y me iba a largar cuando recordé aquel delicioso manjar.
Como pude arranqué unos deliciosos trozos de carne y los envolví en una sábana. El aroma era delicioso, no sabía que la vecina estuviera en tan buen estado. Tampoco sabía a lo que se dedicaba ni que diablos le había ocurrido para que la muerte la dejara en ese estado tan pálido y ausente. Callada y dolorosa… bla bla.
Me fui a mi habitación y vi mi cama vacía. Guardé mi botín en el refrigerador y me adomodé plácidamente en mi colchón. Ya casi eran las 6 y odio dormirme cuando ya salió el sol.
Esa noche soñe que conducía un coche vestido de astronauta y que el camino estaba inundado de plantas carnívoras y clítoris espaciales.
Juro por Dios no volver a tomar cualquier tequila barato.
Mi parteeeeee jeje los dos pensamos en canibalismo... ¿Otra telepatía? besitos. Ya sabes que me gustó mucho el tuyooooo. Eres la Stephanie King besos.
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