16.11.11

Una nueva entrada en el buzón de Luis

Sonó el despertador justo después de lo que le parecieron a lo mucho 10 minutos desde que había llegado el sueño, después de varias horas de insomnio atroz y violento. Había estado pensando en ella. Su mente no dejaba de presentarle magníficas soluciones para reencontrarse con ella, pero a la luz del día, todas parecían inverosímiles. Todas las noches, justo antes de que el sueño lo venciera, su cerebro activaba y le ponía enfrente cientos de imágenes en retrospectiva de su relación con Mar. En la penumbra de su recámara a solas rompía en llanto y así llorando llegaba el sueño y al minuto siguiente, el amanecer. Siempre experimentaba lo mismo y le dejaba en el alma una sensación de vacío y desasosiego que no podía sanar durante todo el día. Era por esto que había decidido mover cielo, mar y tierra para dar con Mar, aunque esto le costara un gran esfuerzo, tiempo, dinero y desgaste mental , todo era válido por ella. La amaba tanto... Se sentía arrepentido por haberle mentido, pero no lo hizo con mala intención, realmente no estaba seguro del porqué había inventado esa mentira... La persona de los mensajes era una amiga... Lo de Beto fue para que ella no se enojara si le decía la verdad: que iba a verse con una amiga. Sabía que había estado mal, pero ahora era muy tarde para todo. Ella se había ido.
Telefoneó a su trabajo fingiendo estar enfermo: hoy tenía que dedicarse a buscar la forma de llegar a ella y saber qué hacía, qué pensaba, qué sentía. En la oficina le hicieron notar sus continuas faltas en el último mes y le advirtieron que una falta más y sería despedido. No le importaba mucho su trabajo. Desde que todo estaba mal con ella, ninguna otra cosa le salía bien, y su trabajo no era la excepción.
Había estado trabajando en esa oficina de gobierno desde hacía 6 años y en ocasiones le parecía que debía buscar nuevas opciones, antes de que los años le impidieran siquiera salir a moverse. No es que estuviera viejo, pero sentía que su alma era la de un anciano...
Bajó a comprar algo para comer pues el día anterior no había ingerido alimentos y su estómago estaba por estallar debido a la gastritis.
Notó que su rejilla de buzón estaba entreabierta y sobresalía la punta blanca de algún papel. "Publicidad del banco, si no me equivoco" -pensó. De todas maneras fue a sacarlo y su corazón dio un vuelco: era la respuesta de Mar, respuesta que asumió que nunca llegaría.
Se olvidó de la comida y subió presurosamente a su apartamento, desde las escaleras iba abriendo el sobre. No cabía de gozo.
Se sentó en la cama a leer la inesperada respuesta y sus ojos se nublaron. Fijó la vista en algún punto del horizonte y arrugó la carta entre sus manos. No podía ser: ella no lo perdonaría. La decepción le asestó nuevamente un golpe en el estómago y lo obligó a doblarse de dolor. Una punzada recorrió sus muslos y se instaló en su cabeza. "No puede ser. No puede ser... Dios mío, qué he hecho..." -repetía una y otra vez.
Sólo el suave cobijo que le proporcionaba su cama podía atenuar el dolor que sentía. Se recostó y evitó llorar, a los pocos minutos se quedó dormido. El sueño fue reparador y le proporcionó algunas claves sobre lo que debía hacer a continuación.
Se sentía mejor.
Echó mano de papel y pluma y comenzó a escribir lo que sería (tal vez) la gota que derramaría el vaso... "Pero ya qué más da...".

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