Hacía tres semanas que había llegado a Inglaterra para trabajar en el Bradford & Bingley UK, como parte de su nuevo ascenso. Había recibido también una cuenta en el mismo banco con 1 millón de libras esterlinas, un Aston Martin DBS Coupé del año, en color negro para facilitar su traslado a su nuevo lugar de trabajo y un pequeño apartamento a las orillas del condado de West Yorkshire. Hacía varios meses que se disputaba este ascenso con su compañero, Ron Stewart, y al final, un par de jugadas maestras lo habían llevado a adjudicarse el puesto, ganándose además el rencor de Ron. Estaba un miércoles trabajando en su oficina del banco, cuando recibió de manos del director, Samuel Heavens, la notificación. De inmediato llamó a su esposa para darle la buena nueva, pero ella se mostró indiferente. Al llegar a casa tuvieron una discusión acalorada que no definió nada y en cambio, Ernie tuvo que mudarse solo. Pero tenía la esperanza de que las cosas cambiarían cuando Helen supiera lo mucho que había estado luchando por esta oportunidad y que todo sería mejor para ella y los niños.
En las tres semanas que llevaba en el condado, había recibido sólo dos cartas de Helen, la primera era para decirle que estaba por vencer el cuarto pago de la hipoteca de la casa y que ya le había llegado el primer aviso por correo; además que el servicio de teléfono había sido suspendido por fallas en la central. En la segunda sólo le deseaba éxito y le mandaba saludos afectuosos de sus hijos, Kathy y Tommy.
Diario al llegar, revisaba el buzón pero siempre estaba vacío.
Sólo Dios sabía cuánto le pesaba que Helen lo rechazara. Desde el principio de su matrimonio, ella se tornó distante, fría, lo hacía sentir que no lo amaba. Cuando tuvieron a sus hijos, ella era más amable y dulce, pero de pronto todo volvía a ser como antes.
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Intentó dormir pese a la música, pero era imposible. No quería tener problemas con los vecinos y se resistió las ganas de subir a pedirles que bajaran el volumen.
Se puso una chaqueta y salió a comprar un combo al Burger de Whitehall Road. Todo lucía totalmente vacío, excepto por un par de vagabundos que revolvían los restos del cubo de basura buscando algo para comer. Dentro del local había una mujer con aspecto indigente sentada en una mesa del fondo y un niño con el cabello desordenado a su lado que temblaba intensamente. Se tropezó con un tipo mal encarado que salía del lugar y que le lanzó algunas obscenidades. Pidió un combo grande y regresó al apartamento. Los vecinos al parecer se habían cansado de escuchar los rugidos del aparato de música y ya reinaba el silencio. Se quedó dormido y soñó con la playa, las olas suaves y la blanca espuma. Despertó a las 10 de la mañana y en su contestadora había tres mensajes furiosos de su gerente. Telefoneó a la oficina y se excusó alegando tener un fuerte malestar estomacal.
Por la tarde depositó una carta dirigida a Helen. Le pedía que reconsiderara su decisión, que aquí ya estaba bien establecido y todo listo para recibirla, si decidía acompañarlo en esta nueva etapa de su carrera, le mandaba cariños y saludos a los hijos y un cheque por 1000 libras.
Pasaron dos semanas sin obtener respuesta. Cada día llegaba corriendo a revisar el buzón, lleno de esperanzas y al verlo vacío le punzaba el corazón terriblemente.
Telefoneó a su suegra y nada. Recordó la primer carta de Helen. Nada de cariños, nada de nada. Fría como una estatua. Lloró por primera vez en su matrimonio, al sentirse tan solo y tan lejos.
El siguiente sábado salió a hacer unas compras y al volver notó que la puerta del buzón estaba abierta. Por fin había llegado tan esperada respuesta.
Subió y dejó las cosas en el suelo. Fue por el abre cartas y desdobló la hoja.
Nada. Nada fue lo que vio. Un papel con la nada en él. Una maldita hoja en blanco.
Sabía en el fondo que esto pasaría.
Bebió hasta enloquecer. Despertó hasta el lunes y con una idea en mente.
Telefoneó para anunciar que no iría a trabajar. Por la tarde fue a firmar su renuncia a su trabajo del banco ante la mirada atónita del gerente. Sabía que algún día se arrepentiría de esto, pero estaba firme en su decisión.
De regreso a casa, sin dinero, sin coche y sin nada más que su alma y unas cuantas ropas en un maletín; el autobús en que viajaba se estrelló de frente contra un tráiler que viajaba a exceso de velocidad.
Ernie murió al instante.
Ese mismo lunes por la tarde llegó la carta de Helen, donde le explicaba que Tommy metió por error una hoja en blanco al sobre pero se habían dado cuenta demasiado tarde y aquí estaba su decisión: se irían con él a Londres ella y los niños. Al final, su nombre debajo de un TE AMO escrito con tinta rosa.
2 comentarios:
Ttrágico. (Aquí la voyeur)
Sólo un poco :)
Gracias & Saludos!
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