Hoy desperté mientras tú navegabas en mi cintura. Tus cabellos ondeaban como el viento y el ritmo de tu respiración se agitaba frenético al compás del baile mutuo entre mi vientre y tus muslos.
En tus ojos había se estremecía una especie de remolino frutal que devolvía sonetos al círculo de piel que serpenteaba en tu pecho.
Tus brazos aprisionados a mi cuerpo rendían el placer que intentaba disiparse sigilosamente entre mis caderas.
Abrí los ojos y aún inundaba el ambiente el aroma que desprende tu piel al contacto con una estrella fugaz. –Hueles como huele la noche cuando está más oscura y los grillos dan serenata a las estrellas caprichosas que se han alojado en lo más alto del firmamento –.
A veces, me gusta imaginarte, pero no quiero vivir por siempre imaginándote, inventándote, soñándote, creándote en mis ilusiones mientras yaces recostado a muchos kilómetros de mí.
Pero hoy, te soñé. Eras tan real que casi pude palparte. Aún conservaba mi cuerpo el ritmo de aquella danza frenética que compartíamos minutos antes. Aún tu humedad permanecía adherida a mis poros, destilando feromonas y hormonas, exhalando rosas y concibiendo estrellas.
Desde que te conozco, amo las clases de astronomía.
El rumor de tus latidos pestañeaba frente a mis cabellos iluminados por la tenue luz del amanecer. El susurro de tu alma deslizándose por mi sangre, coqueteaba con mi adrenalina que corría vertiginosa a través de mi ser y le hacía guiños al conjunto de gemidos que pugnaban por salir de mi garganta.
La constelación en tu cuello observaba demente el flujo de ávidas mariposas lengüeteando tus labios…
Sentí que estabas conmigo y que podía poseerte…
Y desperté.
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