10.12.11

Despoblado

Conté las horas que faltaban para el amanecer.
La tibieza de la cobija me mantenía a salvo del despoblado
rotundo y grosero que respiraba apaciblemente entre tú y yo,
abriendo una distancia tan visible que dolía.
Faltaban cinco horas para que el despertador anunciara
que la llegada de la hora correcta para levantarse.
Estuve tentada en dos o tres ocasiones a solicitarte un abrazo
a cambio de unas monedas, pero desistí.
Era factible que en el tiempo restante, llegara por sí solo.

El mismo no llego sino hasta después del repiqueteo
recalcitrante del despertador.
Tuve que realizar una serie de movimientos enérgicos y al fin resultó.
Era una buen recompensa después de haber tenido pesadillas
insólitas sobre los rostros en rebelión, prendidos de los mosaicos
del cuarto de baño.

Soñaba que, mientras me bañaba, salían de la pared
cientos de seres alados y monstruosos, que me sonreían
pavorosamente y me mostraban sus afilados dientecillos amarillos
los cuales, al parecer, sumaban alrededor de cincuenta
en cada hueso maxilar.
Eran algo así como 7 criaturillas. Algunas de ellas me enseñaron
su larga lengua, en unos afilada y en otros de una punta roma.
Todos ellos emitían sonidos ásperos, violentos, repulsivos y babeantes,
en un volumen bajo, casi susurrante.
Uno de ellos rozó ligeramente mi hombro con su índice y comenzó a llorar
(o algo parecido), el torrente color ocre me recordó las sobras
del café en mi taza de siempre. No supe qué hacer ante aquello,
así que decidí extenderle un pañuelo, que miró anonadado e hizo una mueca.
Los demás seres se acercaron a los 25 centímetros de tela roja con detalles violáceos.
Todos miraban el pañuelo y me miraban a mí,
al pañuelo y luego a mí, y así en sucesión, yo para ese entonces
estaba en un estado cuasi glacial y completamente desnuda.
Alguien tocó a la puerta del baño y todo se evaporó,
incluido mi pañuelo. Me vestí rápidamente y salí. Por dentro
alguien me detuvo por el hombro y me desmayé.

Desperté y tus brazos me rodeaban.
Por eso digo que fue una buena recompensa.

2 comentarios:

Daniel Saborío dijo...

Alguna vez el diablo vivía en mi cortina en una habitación calurosa en el corazón de Tuxtla... el vivía en mi cortina o yo en la suya.

¿No será que tu eres la intrusa de tus pesadillas?

Vamos por trancas.

Mariibeles Esparza dijo...

La noche sin luna se ha apoderado de mis sueños, provocando pesadillas sin brazos, cuerpos sin amor.