Volvía de hacer unas compras en el supermercado que abría las 24 horas.
Caminando por las calles vacías, bajo el cobijo de la Luna, vislumbró a lo lejos una figura oscura, algo difusa, de estela tenue color naranja que se movía con seguridad y rapidez debajo del farol blanco de la esquina de Trueno y Calzada de los Ángeles.
Se detuvo a observar aquello detrás de un árbol.
La sombra pareció voltear y a Sandro se le heló la sangre. La criatura (o lo que haya sido) clavó sus ojos de neón en él.
Oyó los pasos trotando a sus espaldas. Vio la sombra de aquella cosa aproximarse cada vez más.
Corrió hasta que sus piernas no pudieron más y cayó de bruces contra el asfalto de la calle. Latas de atún, bolsas de papas, una botella de salsa, algunas zanahorias y unos cuantos pepinos quedaron esparcidos por la banqueta.
Se levantó como pudo y siguió corriendo. No se sabe qué cara tendría mientras corría cuesta abajo por la calle Constelación, pues una pareja que circulaba en un automóvil convertible le lanzó algunos improperios y una lata vacía de cerveza mientras escapaban a toda velocidad en medio de un mar de carcajadas festivas.
En su carrera llegó al muelle y el viento del norte lo aventó con fiereza hacia las rocas, como a un muñeco de trapo.
Volvió en sí cuando las campanas de la iglesia anunciaban la primera misa del día.
Arriba desfilaba todo tipo de gente. Los niños corrían y gritaban, festejando la llegada de las vísperas navideñas.
Trató de ponerse en pie para salir de ahí pero un dolor agudo y punzante en todo el cuerpo le impedía cualquier movimiento.
Intentó gritar pero de su boca no salió sonido alguno, sino una nube de moscas en diferentes tonos, desde el verde metálico, púrpura y amarillo, hasta unas negras moteadas de color azul neón. Miró sus manos y éstas parecían estar hechas de un material similar al papel maché, sólo que totalmente opaco y de color verde grisáceo, y al frotarlas sonaban como las ramas secas de un árbol.
Por un leve instante pensó que los niños que reían allá arriba le habían tirado algún cubo de pintura o alguna mezcla que resecó su piel. Malditos chiquillos.
Se retorcía de dolor cada vez que probaba ponerse en pie o moverse o gritar o siquiera voltear a algún lado.
Cansado, cerró los ojos y soñó con su madre que lloraba sobre un álbum de fotografías y gritaba al cielo algo que era incomprensible para Sandro. Su madre sudaba excesivamente y de sus ojos empezaba a brotar sangre que corría por sus mejillas ensuciando su blusa blanca y sus manos. Ella se frotaba los ojos que le ardían y en un arranque de desesperación, los arrancó de su rostro y los arrojó con furia al embaldosado de la terraza.
Despertó asustado y ni vio más que tinieblas. Sentía un movimiento continuo, arriba, abajo, arriba, ligeramente abajo, de nuevo arriba: abajo. Cesó el meneo. Escuchó voces. Ninguna conocida. O al menos, no las recordaba.
¿Dónde carajos estoy? De cualquier manera no puedo moverme, pensó.
Pero el dolor había cedido y tanteó con las manos su alrededor: en el siguiente instante comprendió todo: Estaba en su funeral.
Pateó con fuerza y oyó las tablas crujir, pero no aflojaban. Empujó hacia arriba, hacia abajo, a los lados y nada.
¡Dios, estoy vivo aún! ¡Sáquenme de aquí! -pensó con angustia.
Entró a un leve letargo.
Cuando recobró la conciencia estaba libre de su prisión de madera, el día estaba soleado, miró a su alrededor y vio que estaba justo al lado de un farol en una plaza que no reconocía, pero que le gustaba. Empezó a caminar y se encontró con muchos rostros, todos desconocidos hasta ahora, pero que tenían buen aspecto y cruzó algunas palabras con unos de ellos. Era mediodía, según su reloj.
Qué bien se sentía ahora! Anduvo horas y horas por el pueblo, hasta que encontró la carretera. Debía ser tardísimo, pero no vio la hora. Descubrió unas vías de ferrocarril más adelante y se sentó en una banca a esperar el próximo. Cuando escuchó el claxon del tren, se incorporó y lo abordó. Dentro, todos los rostros le parecían conocidos y recordó a todos los que lo miraban en la plaza y por las calles del pueblo. Éstos que iban acá debían ser sus gemelos puesto que lo miraban de la misma manera y además eran idénticos. Qué gracioso -pensó.
En una estación se apeó. El día estaba soleado. Era mediodía, según su reloj. Caminó por las calles del pueblo y se encontró con muchos rostros, todos conocidos (ahora), que lo miraban como se mira a un forastero. Caminó por las calles del pueblo hasta que llegó a un cementerio. Lo rodeó y del otro lado estaba un acantilado. Bajó cuidadosamente y al llegar al mar se sumergió, disfrutando cada centímetro cúbico de agua sobre su cuerpo.
Debajo, descubrió unas vías de ferrocarril y se sentó en una banca a esperar el próximo. Cuando escuchó el claxon del tren, se incorporó y lo abordó. Dentro, todos los rostros le parecían conocidos... En una estación se apeó. El día estaba soleado. Era mediodía, según su reloj...
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