La decisión estaba tomada.
Ella se iría.
Él estaba firmando su carta de despedida,
dejándola sellada con un par de billetes.
Se sentía triste y un poco decepcionada,
pero no pensaba dar marcha atrás.
Lo había decidido la noche anterior,
mientras el insomnio hacía presa de ella
y la obligaba a dar vueltas en la cama.
¿Cómo era posible?
A él no le importó y tiró las palabras por la ventana.
Era injusto.
Por esto tomó la decisión de marcharse.
Se sentía triste, sí, más estaba segura de
lo que quería, y esto no era.
Recordó una ocasión en que ella necesitó
dinero y él le negó su ayuda, diciendo que
no tenía nada. Ahora había aparecido por
arte de magia en su cuenta.
"No, eso es egoísmo -pensó- y no quiero
compartir con alguien tan egoísta y caprichoso".
Además, ella sabía muy bien que él no
pensaba a futuro con ella, pero de cualquier manera
le incomodaba el hecho de tener que compartir
su pasado y mezclarlo con su presente.
"Ella" estaba presente en todos los aspectos de
su vida y eso le disgustaba, sentirse una segunda
parte de algo borroso.
Le dolía pensar que no se tomaba en serio
la relación.
Fuera de esto, ella pensaba que estaba mal
pues sería una falta de respeto a sus próximas parejas
(o sus hijos, si es que algún día tenía otros).
No sabía si esto o lo otro le disgustaba más.
Pero se sentía traicionada, decepcionada, triste.
Era cuestión de días.
Hacía unas horas, él le había preguntado
si ella lo querría aunque fuera un naco tatuado.
Ella respondió que no. Y no mentía...
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